martes 16 de septiembre de 2008
Julieta tiene hambre. Devora tu sexo con ansia depredadora. Lame tus axilas, muerde tus nalgas, pellizca tus pezones, atrapa tu lengua entre sus piernas, mastica tu saliva, te araña la carne. Julieta y sus manos patinadoras en tu espalda. Julieta y sus ojos grandes y su vulva abierta y sus pechos firmes y tus labios en sus dientes y sus dientes en tu abdomen, y el sudor en la frente de los dos como un estigma. El cordero y su bacante.
Te derramas en su ombligo por tercera vez. Su vientre perfecto parece ahora una pintura de Kandinsky, una sandía abierta, un paisaje lunar. Rodeas sus caderas con tus piernas mientras anudas sus dedos a tus dedos con delicadeza de rapaz experta. Julieta se revuelve. Con precisión de cirujano palpas cada línea de ése rostro que ya no te pertenece. Aún es fácil adivinar la impaciencia en el rojo de sus pómulos. Cinco años no cambian nada.
Y Julieta vuelve a expandirse. Atrapa tu miembro sin disimulo, y de un solo golpe, te introduce en su guarida. Gime y suspira. Gimes y suspiras. Gemís y suspiráis en tan perfecta sincronía, que el minutero de todos los relojes siente celos. Julieta sacude con fiereza su pelvis de amazona equilibrista. El sonido seco de tu sexo al galope retumba en las ventanas y las puertas. El cordero y su bacante follándose a la muerte. El verbo hecho carne. El futuro hecho mierda.
Julieta amanecerá de madrugada. Recogerá sus bragas y su esperanza del suelo y saldrá a la calle con sus zapatos verdes y su dignidad a cuestas. Ha pintado con esmalte de uñas el espejo de tu cuarto de baño. "Lo siento, me quedo conmigo".
Cinco años lo cambian todo, aunque ahora, dormido, todavía no lo sepas.
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